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Cazadores

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“Han transcurrido muchos años, pero parece que todo sigue igual. Pienso, cada vez que regreso, en el tiempo que allí pasé durante mi infancia. Me sorprendo porque pensar es regresar. Cada esquina de la casa conserva la misma forma que en mis recuerdos, la misma luz, el mismo tacto fresco que desprenden los azulejos de barro, el mismo silencio… Incluso su voz resuena muy a lo lejos, contenida en el propio silencio. Era una voz firme y a la vez afable, rugosa, tangible, la voz que tiene un buen hombre. Todo lo que nos enseñó, todo lo que le enseñaron, sigue ahí, impreso en el paisaje. El sonido de la montaña, el viento agitando los árboles, mis pasos avanzando entre la hierba seca. Todo se vuelve próximo y familiar. Durante estos días, soy más él que nunca, soy más yo. La memoria nos confirma que hemos cambiado, lo de fuera nos ha hecho cambiar; ya no somos los niños que amanecían enérgicos, inquietos por aprender lo que se escondía detrás de cada paso. Lo notamos en los huesos y también en las entrañas. Y sin embargo, cada vez que volvemos, cada vez que nos reencontramos, sonreímos, pues la mañana reaparece igual que entonces, fresca y pura, sencilla en toda su complejidad, y el tiempo en aquel lugar se presenta como un reflejo circular en el que todo cobra sentido. Me sorprendo en la quietud, contemplando las palabras contenidas detrás de los ojos de Tara, mi perro cazador, el viaje al pasado que se condensa en su mirada. La misma mirada que él tenía. De su voz paralela en el tiempo. El aroma que desprenden los árboles, el silencio de los animales, el misterio de la montaña. Todo ocupa su lugar, incluso la resonancia del disparo. Comprendo entonces que los recuerdos de aquel lugar no me pertenecen, yo pertenezco al lugar. No debe haber nada más terrible que no pertenecer.”

Diciembre 2009

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